La Necesidad de un Profeta

Era necesario que viniera un Profeta antes de la Segunda Venida de Cristo

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“He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.” (Malaquías 4: 5-6)

Cada vez que Dios ha revelado su Palabra, lo ha hecho a través de un profeta. Enoc fue un profeta del tiempo antediluviano. Dios le reveló Su Palabra, y él habló de eventos que todavía están por suceder. Tres generaciones después, Dios levantó a Noé y le reveló la situación espiritual y el juicio inminente del diluvio. A pesar de eso, ellos no creyeron.

Esa es la manera que Dios ha establecido, según las Escrituras, para hablar al pueblo:

“Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.” (Éxodo 20:18-19).

“Acércate tú, y oye todas las cosas que dijere Jehová nuestro Dios; y tú nos dirás todo lo que Jehová nuestro Dios te dijere, y nosotros oiremos y haremos.” (Deuteronomio 5:27)

“Y Jehová me dijo: Han hablado bien en lo que han dicho. Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta.” (Deuteronomio 18:17-19)

Por estas Escrituras, vemos que el pueblo no pudo soportar la voz directa de Dios; por lo tanto, pidieron a Moisés que entrase en la presencia de Dios y oyese las palabras que Dios tenía para ellos, y luego les dijese todo lo que Dios le hubiese dicho. Esa actitud del pueblo fue aprobada por Dios y desde entonces usted no tiene a Dios hablando directamente al pueblo sino a través de un profeta.

Dios estableció allí que su revelación vendría siempre a través de un profeta; y así ha sucedido siempre. Cada profeta de Dios ha traído la revelación de la Palabra para el tiempo en que ha sido levantado. Cada uno de ellos trajo la porción que correspondía para su tiempo, hasta que apareció Juan Bautista, el último de los profetas del Antiguo Testamento, quien introdujo a Cristo, la plenitud de la Palabra. Los profetas anteriores tuvieron porciones de la Palabra, pero Cristo fue la plenitud de la Palabra, Cristo fue el Profeta por excelencia con toda la revelación de la Palabra de Dios.

La dispensación Judía terminó con el mayor de los profetas hebreos, Juan Bautista, de quien Jesús dijo:

“Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.” (Lucas 7:28). El Señor lo identificó como el profeta de quien habló Malaquías: “Este es de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti.” (Lucas 7:27). Pues bien, Juan fue quien introdujo el Mesías para Israel: sin duda, los líderes religiosos no creyeron, más bien le hicieron todo lo que quisieron. Estaba anunciado en las Escrituras que vendría delante del Señor para preparar el camino; sin duda el mundo religioso de su día, teniendo las Escrituras, no lo recibieron. Aún cuando los profetas no dijeran que se llamaría JUAN, sin duda, la vindicación de Dios en su vida y ministerio probaba que este era el mensajero que tenía que venir delante del Mesías. Pero aquellos líderes religiosos, junto con el pueblo, estaban ciegos para la Palabra y para la obra que Dios estaba haciendo a su alrededor.

Ellos estaban esperando un profeta y al Mesías; a pesar de ello, cuando aparecieron, los rechazaron. ¿Por qué los rechazaron? Porque aquellos religiosos se habían apartado de la Palabra y estaban apoyados en sus propias interpretaciones. Las enseñanzas de este profeta no tenían afinidad con las creencias de aquellos grupos religiosos; porque un profeta de Dios no viene para confraternizar con las organizaciones religiosas, sino para traer la Palabra de Dios.

Dios no envía un profeta cuando todo anda bien, sino cuando dentro del pueblo existen cosas torcidas que deben ser arregladas. Entonces el profeta viene con la Palabra cortante y fuerte para fustigar todo lo que sea contrario a la Palabra de Dios; pero los religiosos no aceptan tal amonestación porque golpea fuertemente sus costumbres y creencias en las cuales están establecidos; por consiguiente, se levantan contra el mensaje y el mensajero, y le resisten como Janes y Jambres resistieron a Moisés. Así sucedió en el Antiguo y Nuevo Testamento, y hoy sucederá lo mismo.

Hoy, más que nunca, se necesita de un verdadero profeta de Dios para sacar al pueblo del Señor de la confusión denominacional que reina en el mundo llamado cristiano, donde las tradiciones e interpretaciones privadas han tomado el lugar de la Palabra, y donde los sistemas denominacionales han usurpado el lugar del Espíritu Santo en la dirección de las cosas espirituales.

En este tiempo cuando las iglesias están sumergidas en tanta contaminación mundana, pobres, ciegas, miserables y desnudas, pero creyendo que están ricas espiritualmente, y que no tienen necesidad de nada; entonces es cuando se necesita un profeta con autoridad de Dios para declarar la verdadera condición espiritual de la iglesia, y para abrir los ojos de los predestinados de la hora, a fin de que puedan ver la Palabra pura del Señor.

Si usted es una simiente de Dios, sin duda que ya se ha dado cuenta de la confusión espiritual del mundo que hoy se llama cristiano, así como también de la necesidad de un profeta para sacar a los verdaderos hijos de Dios de la confusión denominacional que impera en este tiempo.

Cualquier persona que lee las Escrituras con revelación divina, puede percibir la hora en que estamos viviendo, porque todos los eventos anunciados para este tiempo ya están presentes: Israel está en su tierra demostrando ser una nación fuerte; la multiplicación de la maldad la vemos en todas las etapas de la vida humana; lo mismo puede decirse respecto a la ciencia, la cual se ha multiplicado en todos los aspectos; la frialdad en las iglesias no la puede negar ninguna persona sensata; las iglesias están mundanizadas y convertidas en clubes de religiosos; los llamados cristianos se han conformado con las costumbres y sistemas del mundo en todos los aspectos de sus organizaciones religiosas; y muchas religiones están hoy convertidas en negocios lucrativos. Esta es la apostasía del fin.

La condición del mundo y de las iglesias es un pronóstico de la aproximación del juicio de Dios, la Gran Tribulación. Por ende, la señal más importante del tiempo del fin es la presencia del profeta que Dios había prometido enviar antes del juicio; el cual restauraría todas las cosas, todas las verdades de Dios que los hombres han pervertido en el decurso de los siglos.

“He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible”. (Malaquías 4:5).

“Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero; y restaurará todas las cosas”. (Mateo 17:11).

Esta restauración tan ignorada por el mundo religioso enriquecido por sus conquistas materiales, es la señal más evidente del tiempo en que estamos viviendo y de la breve venida del Señor, pues las Escrituras dicen: “A quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo”. (Hechos 3:21).

Ese profeta Elías anunciado para este tiempo, ha estado en la tierra con su mensaje restaurador, a pesar de ello la gran mayoría ignora este hecho; por lo tanto, se ha repetido el caso que sucedió con Juan Bautista, el precursor de la primera vendida del Señor: “Más os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos”.

El mismo señor hablando de Juan como Elías de aquél tiempo, también habló del Elías que tenía que venir antes de su Segunda venida para restaurar todas las cosas:

“Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron…” (Mateo 17:10-12).

Vemos en esta porción de las Escrituras, que el Señor Jesucristo habla en dos tiempos gramaticales en relación con Elías: UNO QUE YA VINO – PASADO – que fue Juan Bautista; y el otro que tenía que venir – FUTURO – para restaurar todas las cosas. Tenemos que entender que el Señor no está procurando alterar la Gramática, ni tampoco jugando con las palabras, sino hablando de un Elías que estaba en el futuro -vendrá primero, y restaurará todas las cosas- y de otro que estaba en el pasado –“Elías ya vino, y no le conocieron”– Aquí tenemos los dos hombres con los dos ministerios profetizados en Malaquías capítulo cuatro: “Hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres”.

Entonces no hay duda que Elías tenía que venir antes de la Gran Tribulación, porque tenía una obra para llevar a cabo: “Hará volver el corazón de los hijos hacia los padres”; pues la otra parte de este ministerio ya estaba realizado por Juan: “Hará volver el corazón de los padres hacia los hijos”. (Malaquías 4:6).

Juan preparó a los padres para que Jesús pudiese dar la bienvenida a los hijos al entrar en el redil. De modo que aquellos hombres, los padres de la iglesia primitiva, fueran preparados por Juan para que recibiesen a Cristo, la Palabra; así también, el Elías de esta edad tenía que convertir los hijos de los últimos días a la fe de los Padres del día de Pentecostés. Este profeta prepararía a los hijos para dar la bienvenida a Jesús; es decir, su mensaje llevaría a los verdaderos hijos de Dios a la fe primitiva de los apóstoles y profetas; preparándolos así para la segunda venida del Señor.

El Señor sabía que las iglesias estarían en esta condición de frialdad espiritual cuando llegase el tiempo del fin; Él sabía que el cristianismo llegaría a este estado de conformismo mundano que hoy estamos viendo; por lo tanto, anunció que vendría un tiempo en el cual restauraría todas las cosas, antes del rapto (Hechos 3:21). También prometió que llevaría a cabo esta restauración por medio del profeta Elías (Mateo 17:11).

Todos sabemos que Elías fue un profeta que ministró en Israel durante un tiempo de gran apostasía.

Cuando Dios tomó a Elías, “El Espíritu de Elías reposó sobre Eliseo” (2 Reyes 2:15); luego, antes de la primera venida del Señor, Juan vino con el espíritu y virtud de Elías… con la finalidad de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto (Lucas 1:17); también está prometido que Elías vendría antes del día grande y terrible del Señor (Malaquías 4:5), la Gran Tribulación; y finalmente aparecerá junto con Moisés durante el tiempo de la Gran Tribulación (Apocalipsis 11:3).

Ahora, sabiendo que estamos en el tiempo del fin y que la Gran Tribulación está a las puertas, tenemos que entender que el profeta Elías ya ha estado presente para cumplir esta restauración prometida por el Señor. Pero no es una reencarnación del Elías del pasado; como tampoco lo fue en el caso de Juan; sino el ministerio de este hombre manifestado en un mundo religiosos con condiciones semejantes a las que imperaban durante su día. Es el ministerio de Elías en un hombre sin temor y desprendido de todo interés material, con un mensaje cortante, como el hacha a la raíz de los árboles, denunciando toda cosa contraria a la Palabra de Dios, e invitando al pueblo a volver para la Palabra y a una entrega completa al Señor.

Todos los que han conocido la vida y el ministerio del hermano William Marrion Branham, saben que Dios lo vindicó como el profeta mensajero de esta edad; y su mensaje mismo lo señala como tal porque está en completa armonía con las Escrituras.

Dios ha cumplido su Palabra para esta edad, y el verdadero pueblo de Dios está preparándose para el rapto; no obstante, muchos llamados cristianos ni saben lo que ha acontecido.

Amado hermano, abre tus ojos antes que sea demasiado tarde, busca la presencia del Señor y escudriña las Escrituras, porque en ellas está el plan de Dios para esta hora.

Ciertamente el Señor Jehová no hará cosa alguna sin haberlo revelado su secreto a sus siervos, los profetas (Amós 3:7).

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